Soy un comepipas

Antes de que se me malinterprete, me presento: soy un comepipas compulsivo. En el Madrigal, me agazapo tras un paquete del piponazo y lleno mi hábitat , y la cazadora del de enfrente, de cáscaras mordidas. Celebro los goles, cuando los hay, con una euforia desmedida para mi edad, esparciendo pipas comidas y sin comer por los alrededores. Cada gol me cuesta un cuarto de paquete (de pipas). Los fallos en el área ajena me provocan el lanzamiento libre del puñado que en ese momento tenga en la mano, para desasosiego de vecinos y conocidos. Los fallos en área propia, tos y conatos de ahogo. Los centros fallados de Javi Venta, y las expulsiones de Gonzalo, nada; que a todo se acostumbra uno.

En realidad no se que hago en el Madrigal, pues es el sitio, de largo, donde peor lo paso. No recuerdo un solo partido que lo haya vivido plácidamente. Bueno si, uno contra el Celta que ganamos 5-0. Me tranquilicé a partir del cuarto gol y con el Celta con dos menos, pero así y todo con ese run run en el alma cada vez que algún loco vestido de azulete cruzaba el medio campo: estos nos marcan y se meten en el partido…

Pero no sólo hay comepipas como yo en el Madrigal, está, por ejemplo, el viejete, que ocasionalmente me cae al lado cuando amenaza lluvia. Sigue las jugadas con las piernas y tiene al de delante lleno de moratones (aparte de mis cáscaras de pipas, claro). Yo no se de dónde saca las energías, pero se mueve más, mucho más de lo que se movía Riquelme, aunque con mucho menos sentido, claro. El hombre se pasa el partido lamentándose de que en el sitio de la jugada “no hay nadie”. En su opinión, para ganar un partido se han de tener en todo momento 5 jugadores propios rodeando la pelota, por lo que la única solución que parece tener el equipo, para este hombre es dotar a los jugadores de movimiento browniano (como las partículas subatómicas, más o menos). A su lado, un señor de edad media (o sea, siglos VIII al XV) vive los partidos añorando a Pellegrini, que era un señor que entrenaba al equipo y al que se le pueden tirar objetos por 150 euros. Supongo que lo añora por lo primero.

Un poco más abajo hay unos veinte chavales que se pasan el partido animando en la soledad de una grada que no les acompaña. A veces consiguen que nos arranquemos con ellos, pero la cosa raras veces llega al éxtasis. Ellos parece que se lo pasan de cine mientras yo sufro una agonía permanente, mirando minuto y resultado. A la izquierda más gente animosa. Estos van con tambores y tienen nombre: batuca groga. Están como sacando un corner, allí en una esquina, y no paran en todo el partido. Un saludo para ellos. A mi derecha un señor impasible que no hace un solo movimiento en todo el partido. No se levanta ni a celebrar los goles, pero le ví (o creí ver) sus ojos chisposos cuando Arruabarrena metió aquel balón que nos hizo tocar el cielo. Más allá hay una pareja de veteranos que se sientan sobre esos protectores amarillos de la Caixa Rural que se traen de casa, cuidadosamente doblados. El hombre se enchufa a los auriculares y se conecta al mundo mientras se desconecta de su pareja. Ésta se mete con el árbitro hasta en los cambios. Los dos se abrazan en los goles.

Borratxots están en otro corner y les veo agitar banderas, pero no les oigo, que esto es grande y cabemos muchos. Los del Celtic submarí que son muchos y muy majos están en todas partes, como el espíritu santo, y el Frente está, impasible el ademán, haciendo guardia junto a los luceros, allá arriba, bajo el marcador grande, y cuando tienen un buen día consiguen arrancar la grada. Lo intentan, pero les veo alicaídos. Y últimamente ni siquiera les veo. En preferencia está mi tía y su cuñada, que son muy mayores y tienen mucho fútbol de tercera a sus espaldas. Al lado creo que aún esta vacío el asiento de su marido, al que un día se le paró el corazón y nos dijo hasta luego, aunque aún le dio tiempo a ver a su equipo de toda la vida en “la copa de Europa”. Seguro que allá arriba habrá puesto la bufanda amarilla en el cuello a algún santo. En otro corner me cuenta un amigo que tiene cerca un grupito de impenitentes animadores armados de un bombo, que es el instrumento musical más adecuado para la grada (no van a llevar un óboe!). Son otra isla en el océano.

Bajando hacia el bar coincido a veces en los descansos con un viejo compañero de trabajo. Es de la capital, pero no se lo digáis a nadie. Supongo que, como su amigo, vienen “a ver fútbol de primera”. Es socio desde el 2003 así que ya tiene voz y voto. “No farem res” me dijo el otro día. ¿Farem?……pues si, farem.

Hay más gente en la grada, pero esto es sólo una minúscula muestra. También tenemos visitantes y los ponemos en esa grada que no le gustó a los que vinieron de Jaén. En las grandes ocasiones vienen envueltos en banderas del Madrid o del Barça. Algunos, muchos, siguen y animan a su equipo del alma y se han pegado para ello una “fartá” de kilómetros. Mis respetos, pues. Otros vienen de más cerca y animan a su equipo. A ese que sólo ven en la tele y una vez al año cuando viene al Madrigal. También mis respetos. De vez en cuando se cuelan en esa grada aficionados de un tercer equipo animando a un segundo equipo en contra de un primer equipo. Es su manera de competir y ya sé que es difícil de entender, pero parece que ellos lo tienen claro. Yo también.

Pues esto, y lo que vosotros digáis, es lo que hay. Puede que no seamos un ejemplo de presión. Puede que algunos abusemos de las pipas. Puede que nos estemos perdiendo la oportunidad de divertirnos en la grada, pero chicos, el mundo es redondo para que ruede y grande para que quepamos todos. Somos eso y lo que se quiera, pero por favor, que nadie nos diga que no tenemos sentimiento. Yo conozco a muchos que de eso no aceptan lecciones y sería bueno que fuéramos recargando el orgullo. Por lo que pueda venir.

Mitrídates

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